Effigies conscriptoris

   Cada hombre debería poseer al menos un pedazo de Belleza. Sin excepciones. No hay razón para vivir si no es así. Quien nunca la experimenta, no es otra cosa que un pobre desdichado. 
   A menudo me parece que yo mismo soy ese hombre, pero entonces, de pronto, surge la incandescencia. La noche ya no es más una enemiga y en los ojos que se cierran queda como en el labio humedecido un escozor fragante de rubia alegría; es el lúpulo del cielo que calienta nuestra mente en la madrugada fría.
   Presencia que adormece la pena y marcha rauda, porque nada que dure demasiado puede finalmente ser hermoso. Hace poco despedí a mi stella minima; no quería que se fuera, ella no podía saber cómo me había enfebrecido su presencia tan corta, y la echo de menos.
   Escribo estos poemas para recordar su brevedad hermosa y anticipar, quién sabe, una brevedad nueva que me ilumine otra vez, algún día. A través de ella, es a la Mujer misma - tal vez eterna y hermosa finalmente - a quien me dirijo. Deseo contemplar todas sus caras, la mayor parte de ellas ciertamente terribles. Por si algún día ella me lee; por si ahora mismo estuviera haciéndolo.